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Entrevistas, Sociedad

Homenaje a Carlos Böker (1929-2011), un peregrino del saber

Por Marcelo Cid Carreño

“No porta libros bajo sus axilas para exhibir pompas de cartón universitario. Mientras otros repiten, él reflexiona. Muchos copian, él crea. Varios compilan citas, él construye academia”, así describió Enrique Ramírez Capello, ex presidente del Colegio de Periodistas de Chile, a Carlos Böker, quien hasta su muerte se desempeñó como profesor del Doctorado en Comunicación de Universidad Uniacc.

Carlos Böker: 1929-2011

Cabellera canosa y abundante; ojos azules que no miraban, sino que analizaban, invitaban y sonreían; una oratoria, lucidez y cordialidad que reflejaba el acervo acumulado en diferentes continentes. Tales eran algunas de las características que se evidenciaban en este académico nacido en Düsseldorf, Alemania.

Böker, de padre germano, madre chilena y abuelo nacido en el entonces Imperio austrohúngaro, hoy Eslovenia, afirmaba tener doble nacionalidad –chilena y alemana- aunque le molestaba el encasillamiento. “Las nacionalidades son un juego perverso y peligroso. Todos estos nacionalismos que nacieron en el siglo XIX, en alguna forma, fueron autodestructivos, porque en cada uno de ellos nacía un nacionalismo menor”, afirmaba.

Así, era difícil describir a este doctor en cine documental, periodista, documentalista y dramaturgo. Considerando sólo el extranjero, había estudiado en la Universidad La Sorbona, Universidad de Colonia, Universidad de Iowa y Universidad de Estocolmo, además de vivir en países como Túnez, Marruecos, Libia, Argelia y Egipto. En la última entrevista que concedió, en enero de 2011, la pregunta ineludible fue, ¿cómo surgió esta suerte de incontinencia migratoria?

“Mis padres viajaron mucho y crecí escuchándolos conversar de todos los sitios en los que habían estado. Cuando terminé Derecho en la Universidad de Chile, tenía un pasaje baratísimo en un barco que transportaba salitre, saliendo de Tocopilla a Europa. Me fui en uno de esos barcos con 13 dólares, nada más que eso”, confesó.

¿Cómo pudo financiar sus permanencias?
Tuve la suerte que cada vez que me gustaba un sitio decía “quiero quedarme a trabajar acá” y siempre me fue bien. Mi primer trabajo en el extranjero fue en un hotel en Tánger –Marruecos- como intérprete. En ese momento hablaba español, inglés, francés y alemán.

Con esos antecedentes, ¿qué importancia asigna usted al idioma inglés?
Es imprescindible, porque la globalización tiene un idioma. La globalización todavía no es en mandarín, es en inglés. Sin inglés no hay globalización posible. A uno puede molestarle la globalización, como pueden molestarle los terremotos, pero ahí está.

¿De qué manera benefició su formación haber estudiado en el extranjero?
En mis estudios en países árabes y del Medio Oriente se me permitió entender nuestra absoluta hermandad con esa cultura. Los humanistas occidentales debemos el mundo a los humanistas árabes, que tenían un renacimiento floreciente, mientras nosotros vivíamos en los peores momentos de la Edad Media. La mayor parte de mis amigos árabes eran no fundamentalistas y básicamente humanistas. Combinaban lo árabe con lo cristiano, con lo judío o con la antigüedad greco-romana, igual que nosotros.

¿Y en Escandinavia?
En mis contactos escandinavos aprendí una visión del hombre como animal que colabora con los demás. Esta visión humanista del mundo creo que es el ideal que debemos perseguir en Occidente. Este entendimiento de que uno debe estar con los demás para subsistir viene del clima, porque cuando en invierno la temperatura baja a veces a 30 grados bajo cero, si uno no subsiste con los demás, simplemente no lo hace.

Böker se apasionaba al recordar su experiencia nórdica, en la que se encontró con una “tradición de pueblos -entre comillas- ‘bárbaros’, una tradición de pueblos guerreros, pero al mismo tiempo una tradición de gente que busca una contestación a las preguntas básicas que tenemos”.

¿Qué es lo que más rescata de esa cultura?
Lo que más me enriquece de la gran mitología nórdica es el Ragnarök, que es el fin del mundo. Curiosamente es la misma noción india, en que el mundo termina con la muerte de los dioses, Wagner lo llama el crepúsculo de los dioses. Creo que esto es una noción interesantísima.

¿Qué impresión tiene del papel de los posgrados en el contexto educativo y laboral de hoy?
Estudiar posgrados es, en este momento, primero una necesidad laboral. Para entrar al mercado se precisa de algo que vaya más allá del primer grado universitario. Segundo, satisface una necesidad personal de mejorarse, de profundizar lo que uno sabe y aprender aquello que no se sabe. La educación de posgrado es un buen canal para conocerse a sí mismo y la sociedad en la cual se está viviendo.

¿Cuál debería ser el nivel de exigencia para, por ejemplo, los requisitos de ingreso a un posgrado?
Tiene que haber una puerta que se pueda cerrar para entrar a la universidad, con mayor razón en un posgrado. Cuando yo hice mi doctorado en Estados Unidos nos presentamos 1.300 alumnos y quedamos seleccionados 18. Respondimos preguntas de cultura general, de conocimiento del tema que se quería estudiar, incluso de personalidad. Entre los seleccionados había algunos –recuerdo tres- que todos sabíamos desde el primer día que nunca iban a sacar el doctorado, porque no tenían pasta para ser doctores.

¿Cómo usted distingue estos elementos?
Hay personas con grado de doctor que no van más allá del estrecho campo que les ha tocado estudiar. Creo que son malos doctores. Cualquiera persona que quiera entrar al mundo profesional real a través del mundo académico real, es necesario que tenga una visión amplia del mundo. Nadie que quiera tener un doctorado y valerlo puede pasar una semana sin escuchar a Mozart o a Bach. Creo que una persona que tiene estos altos grados tiene que tener claro que hay gran arte y artesanías. Sin quitarle nada a las artesanías, el gran arte es el que nos da todo.

¿Por qué es tan importante para usted el arte?
Porque el arte es el hombre mirando el mundo, reinterpretándolo y permitiéndonos a nosotros entenderlo mejor. El arte está para asombrarnos y estimularnos. Creo que no  apreciar su riqueza es no apreciar la posibilidad de creación del hombre. Por muy expertos que seamos en física cuántica, necesitamos relacionar aquello que hacemos en esta experticia -como se dice ahora- que tenemos, con el hombre como tal, con su historia. El arte nos ayuda a vernos.

¿Qué es para usted la educación?
Es un poquito como la cultura, es decir, es todo y es nada. Es la base sobre la cual se puede armar una sociedad justa, equitativa, real, sonriente. Es nuestra manera de enfrentarnos, por una parte, al mundo físico, y por otra, al mundo social. Es nuestra principal fuente de riqueza interior. Creo que la educación significa ser capaz de entender que existen dentro de las formas de creación humana -arte, literatura, astronomía- diferentes matices. Significa ver una catarata sin pensar cuántos kilovatios de electricidad puede dar si la meto en un tubo. En último término, la educación es llevar al hombre a decidir y a tener muy claro que lo importante no es el tener, que lo importante es el ser.

Las maestrías hoy básicamente proporcionan especialización en un área específica. ¿Qué impresión tiene de ello?
Creo que esta excesiva especialización nos aleja del objetivo final de la educación. Estamos entregando lo que en inglés se conoce como el know-how, la receta de cocina. Ésta no me basta para inventar platos nuevos y cuando quiero gozar lo que hago. Se necesita una comprensión del mundo y de la creación del hombre dentro de éste. Creo que se requiere ser capaz de gozar y entender “La primavera” de Botticelli, de sentir la sacralidad de los espacios en un bosque o catedral, además de sentir el éxtasis provocado por una sonrisa o por la música. Si no se tiene eso, se es un simple mecánico.

Este era, en parte, Carlos Böker, para quien su grado de doctor era casi una anécdota –”cuando lo obtuve no anduve bailando por las calles una semana ni fue algo que cambiara mi vida”- pero que en cambio era capaz de emocionarse con un acorde de Beethoven y pregonar que la superación académica y profesional puede ser “una pequeña rama por la que se trepa hasta alcanzar el tronco”.

Por eso, este enamorado del arte no se cansaba de advertir que, aun en el mundo de hoy, en que las tecnologías y la inmediatez son una vorágine, es preciso “recuperar la capacidad de asombro frente a la realidad natural y la creada por el hombre. Hay que entender cuáles son las prioridades, de lo que quiero hacer, de lo que quiero tener, de lo que quiero ser. No es simple, porque los medios nos están alejando de nuestra humanidad. Y nuestra humanidad es siempre mirar un poco más allá”.

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