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Columnas, Sociedad

Las respuestas están más allá de la ciencia

Por Andrea Lizama Lefno

He escuchado, en varias ocasiones, que la solución de los problemas de las sociedades de nuestros tiempos está, en gran parte, en mano de los sociólogos, para eso existe la sociología.

Sin embargo, la teoría sociológica contemporánea no ha logrado explicar por qué las grandes transformaciones sociales de los últimos siglos han significado, no solamente un crecimiento tecnológico, económico y comunicacional global, sino también un deterioro biológico, físico, político, social, emocional y ambiental. Este deterioro amenaza las proyecciones de la sociedad global en un mediano o largo plazo, y tiene sus antecedentes en la incapacidad humana de traducir la acción en progreso y desarrollo, que signifiquen, ante todo, bienestar y orden social.

La evolución humana ha sido definida, primordialmente, a partir de avances tecnológicos, desarrollo económico, alcances comunicacionales y productividad. Sin embargo, no se ha realizado una conceptualización y análisis de la involución que han significado fenómenos como el deterioro ambiental, las guerras sociales, religiosas y territoriales, las crisis económicas, la pobreza, la desigualdad y el abuso de poder.

Al respecto, Antonio Calvo Roy, periodista científico y escritor, afirma: “O internalizamos costes que hoy no se tienen en cuenta, o el crecimiento industrial, energético, etc., nos hará la vida muy difícil. Conscientemente  o no, estamos incurriendo en el síndrome más madera, deshaciendo el tren para alimentar la caldera, en una carrera rápida pero corta”.

Jack Yves Cousteau afirmó al respecto: “los seres humanos han hecho probablemente más daño a la tierra en el siglo XX que en toda la historia”.

Cabe preguntarse entonces, ¿cómo es que, gozando de plenas capacidades racionales, conciencia práctica y del manejo de un lenguaje reflexivo y pensante, que le ha permitido al hombre comunicarse, organizarse y, en definitiva, forjar su evolución, hoy presenciamos el deterioro evidente del espacio físico y social donde se desenvuelve, y una amenaza ineludible, incluso, a sus proyecciones de sustentabilidad y supervivencia a futuro?

Al respecto, el mismo Calvo Roy señala: “los problemas sobrepasan la responsabilidad de los científicos y atañen a cada uno de nosotros (…) La tendencia a descargar sobre la ciencia y la tecnología la responsabilidad de la situación actual de deterioro creciente, no deja de ser una nueva simplificación maniquea en la que resulta fácil (e inoperante) caer”.

Muchos actores han conceptualizado, incluso operacionalizado, el desarrollo, abarcando una importante diversidad de indicadores. Sin embargo, desde una perspectiva evolucionista, es decir, referenciando aquello que se intenta desenredar, desenrollar, desenroscar, desenvolver, esto es, vuelve a su estado original después de haberlo perdido. Esta perspectiva define al más desarrollado como aquel que menos destruye el planeta, por ejemplo, el que posee menos índices de contaminación ambiental; o el que más lo repara, por ejemplo, el que más recicla o ejecuta medidas de prevención del avance del deterioro ambiental; así también, el que tiene un menor índice de Gini (desigualdad) o el que lo mejora.

Aunque es mejor que nada, en definitiva, el desarrollo humano es medido desde un ideal cero, esto es, el que más se acerca a “cero deterioro” es más desarrollado, asumiendo que todos se encuentran bajo cero. Sin embargo, no existe el desarrollo conceptualizado desde cero hacia arriba, desde aquello que avanza, se incrementa, es decir, desde su estado original, se perfecciona.

Desde ese punto de vista, la definición de desarrollo refleja un estado pesimista del ser humano. Vale la pena preguntarse entonces si la evolución humana de estos últimos siglos, ha significado progreso, entendiendo éste último como un mejoramiento de las condiciones de vida de todas las personas.

El ser humano ha creado una estructura en la que se encuentra encerrado, y su capacidad racional innata no es suficiente para salir de ella. Al parecer esta estructura, como diría Pierre Bourdieu, el hábitus, junto a la conciencia práctica que le permite actuar en base a una lógica reflexiva, serían constituyentes, no de una posibilidad de libración humana, sino más bien de una especie de velo psíquico, como lo define Iván Durán, teórico chileno de la psicología transpersonal, cuyas reflexiones tienen incipientes pero interesantes proyecciones sociológicas. Esto es, a medida que el sujeto internaliza la estructura social en su mente, ésta va encegueciendo su conciencia natural o esencia interna, con elementos provenientes del entorno.

Los esquemas mentales que el individuo va endureciendo en su mente desde su primera infancia,  opacan sus habilidades naturales de visualizar la realidad desde sus distintos estados de conciencia. Los elementos provenientes del entorno, de la sociedad, se instalan y se adhieren a la mente humana, creando verdaderas “bodegas psíquicas”. En éstas se guardan ideales, deseos, pensamientos, aspiraciones, emociones, creencias, necesidades y, en general, convicciones que rigidizan la expansión de la conciencia, llevando al ser humano a vivir en un entorno ficticio, artificial, creado por su propia mente.

La rigidez de esta estructura mental impide al ser humano despejar las vías para la auto-conciencia, es decir, la capacidad de las personas de auto-observarse, auto-conocerse y auto-analizarse. Este es el primer paso para alcanzar un nivel de conciencia universal, que finalmente, al parecer, y según las visiones de teorías que hoy todavía son vistas como metafísicas, incluso paranormales o locas, sería el camino para la salvación humana.

En definitiva, más allá de la biología, la sociología y la ingeniería, que hoy evidencian sus limitaciones al hacer propuestas relevantes para la humanidad, existen planteamientos que buscan respuestas más allá de la ciencia. Sin embargo, los seres humanos estamos todavía enceguecidos por la fuerza de la Ilustración, el empirismo y el racionalismo, que sin duda significaron tremendos aportes a principios del siglo XX, pero que hoy no logran dar respuestas a los problemas que, sin ir más lejos, acercan a las sociedades, los países, los gobiernos, las instituciones, en definitiva, a la humanidad, como cual rey en su tablero de ajedrez, al indeseado jaque.

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