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Columnas, Educación

La burbuja de la PSU… ¿Hasta cuándo?

Por Marcelo Cid Carreño

En estos días se vive una nueva versión  de la Prueba de Selección Universitaria, PSU, la tragedia griega para la mayoría de los estudiantes chilenos, en particular los más pobres y vulnerables.

Como en esta ocasión sus resultados -que se informarán el 3 de enero- tendrán una validez de dos años, recordemos algunos de los que entregó en su  versión 2010, para estudiar posibles escenarios.

En Lenguaje, prueba que constó de 78 preguntas, un estudiante de colegio municipal respondió  correctamente, en promedio, 24 preguntas (30% del puntaje), mientras que un alumno de establecimiento privado, en 2010, acertó en 48 (61%). Esto es, los primeros nota roja (o muy roja) y los segundos una nota apenas suficiente.

En Matemáticas, en promedio, los alumnos de colegios privados respondieron correctamente 41 de las 70 preguntas que compone el test (coloquialmente, raspando el 4,0, en el mejor de los casos);  en tanto, sus pares de establecimientos municipales alcanzaron, también en promedio, siete respuestas correctas.

Siete de 70 (sí, leyó bien).

Sin embargo, el análisis de los datos fue entonces irrisorio, incomprensible, ridículo o, palabra de moda, indignante (elija el calificativo que guste). Algunos ejemplos:

1) Sólo 15% de los puntajes máximos correspondió a mujeres, pero la autoridad nos tranquilizó diciendo que “afortunadamente esta diferencia desaparece en la universidad, donde son ellas las que destacan” (jefe de la División de Educación Superior del Mineduc). Con esa lógica, es claro que las universidades están cometiendo un error en su proceso de admisión (al menos con las mujeres):  los menores puntajes debieran tener la preferencia, porque eso vaticina (según el análisis de marras) un desempeño “destacado” en la educación superior. A menor puntaje, más capacidad para el estudio universitario. Está clarísimo.

2) “La prueba técnicamente está bien conformada, tiene ítemes con grados de dificultad adecuados, tiene capacidad discriminativa adecuada, alta confiabilidad, o sea (el problema) no está en el instrumento” (director del Centro de Medición MIDE de la Universidad Católica). Para la autoridad, no importa que, por ejemplo, en ninguna parte de la PSU se evalúe la ortografía y redacción de un alumno, pero a la vez se hagan preguntas como si la frase “Soy una chispa de fuego” es un epíteto, una hipérbole, una anáfora, una metáfora o un hipérbaton (no tengo clara la interrogante de este año relacionada con una eyaculación).

Un dato: el Premio Nacional de Educación, Hugo Montes, definió las interrogantes de lenguaje de la PSU como “preguntas que no van a lo esencial y están formuladas en una jerga pseudocientífica, a veces vecina del ridículo y siempre distractora de la valía literaria y humana de lo leído” (El Mercurio, 2 de de septiembre de 2009). ¿Conocerán la obra de Montes los iluminados que confeccionaron este cuestionario?

3) “La PSU es un termómetro y puede estar marcando que tenemos fiebre” (presidente del Consorcio de Universidades del Estado de Chile). Sólo como dato, recordemos que desde que la PSU es la medida oficial de rendimiento para los escolares que buscan ingresar a la educación superior, la diferencia entre los colegios municipales y privados ha aumentado más de 36 puntos, en apenas siete años.

Esto es, mayor brecha educacional producto de la PSU.

Como la supuesta  fiebre era -como lo demostraban los hechos, mas no los sesudos análisis- un estado avanzado de metástasis , no pasó mucho tiempo antes de que se produjera el estallido social educativo de 2011 (inédito al menos desde la vuelta de la democracia, en 1990), cuyos protagonistas han gritado en Chile, Europa, la OCDE, el Parlamento Europeo y hasta en la ONU que el rey está desnudo (además de sordo y ciego).

Recientemente, algunos de estos dirigentes universitarios entregaron una refrescante sensatez -respecto de los citados análisis a la PSU- al decir que “Si queremos tener un sistema de educación más justo necesitamos cambiar este instrumento. El termómetro está malo, está midiendo mal la temperatura”.

Directo y sin adornos.

En tanto, el vocero de la Coordinadora Nacional de Estudiantes  Secundarios  (Cones) acusó que “es lamentable que ahora tengamos que esperar que 200 mil alumnos rindan la PSU para que el ministro de Educación y los parlamentarios puedan pronunciarse respecto de este tema”.

Con todo, ¿habría tenido alguna incidencia práctica que  las autoridades hubiesen abordado antes  la tragedia de la PSU? Recordemos que el gobierno, por medio del ministro de Educación, aseveró no creer “que una reforma estructural del sistema pase por darle educación gratuita a todos”. Además, sin ningún apoyo de chistes, tics nerviosos, frases hechas o ambigüedades, el mismo Presidente definió la educación como “un bien de consumo”. Una enormidad que incluso destaca entre las que ya nos tiene acostumbrados.

En otras palabras, es lógico que quienes deseen mantener el estado actual de las cosas (léase, una catástrofe educativa, incluso en aspectos tan sencillos como la elaboración de preguntas sobre lenguaje), también aspiren a preservar la trampa (para los alumnos que no pueden costear colegio o preuniversitario) y lucrativo negocio que ha resultado la PSU (para quienes reciben el dinero que exige su preparación, por ejemplo, los económicos preuniversitarios).

En un párrafo, resumamos que la PSU mide conocimientos, los “Contenidos Mínimos Obligatorios” (CMO), los que partieron siendo un atentado a la enseñanza por su extensión y desarrollo particular (contenidos imposibles de impartir en los lapsos académicos correspondientes, junto con ser, por lo mismo, material de absoluta inutilidad para un alumno y para cualquier ser humano). Así las cosas, los estudiantes deben apostar -cual lotería- a que los contenidos que le pregunten en la PSU sean los que ellos recibieron en su colegio, o bien sean los que mágicamente practicaron en los preuniversitarios, ensayos y otros recursos de preparación, los que, por cierto, difícilmente están al alcance del ingreso promedio de $360 mil de los chilenos (según cifras del INE).

¿Cómo se pudo llegar a este escándalo y círculo vicioso de esta miseria educativa (y moral), de la cual la PSU es uno de sus protagonistas?

Ya en 2003 -¡2003!- Gonzalo Vial había identificado con claridad la cronología y responsables de este -en el mejor de los casos- cúmulo de incompetencias supinas (replico casi textualmente sus planteamientos de entonces, que no han perdido ninguna vigencia):

A. El Ministerio de Educación, que propuso los CMO.

B. El Consejo Superior de Educación, que los aprobó.

C. El Consejo de Rectores, que autorizó la PSU, sin darse cuenta de que los contenidos evaluados no se impartirían de forma aceptable y razonable.

D. Las Universidades de Chile y Católica, que elaboraron técnicamente la prueba sin darse cuenta de la condición elemental denunciada en la letra C.

E. Las organizaciones de colegios privados -Conacep, Fidae- que recién en el último instante advirtieron que sus propios establecimientos no podían impartir los CMO. “Algunos personeros de estos entes llegaron a decir que una crítica tal era ¡”ideologizada”!”, recordó Vial.

F. Las universidades católicas del Consejo de Rectores, “que han dejado pasar, impávidas, el atentado contra la libre enseñanza que eran y continúan siendo los CMO vigentes”.

Por eso, en parte, el estado actual de las cosas. Ese de las pruebas en que los alumnos pobres saben siete preguntas de 70 en matemática y en que las preguntas de lenguaje terminan siendo objeto de burlas por parte de los propios estudiantes.

Pero no todo se ve tan oscuro. Hoy leo  que el Ministerio de Educación buscaría hacer cambios estructurales en la prueba, evaluándose incluir un ensayo escrito. ¿Repasarán la labor de Hugo Montes o de Mabel Condemarín, por mencionar un par, quienes preparen este cuestionario?

Por cierto, esto último (especialmente lo del ensayo) es materia de otra columna. Por ahora, solamente recordemos lo que dijo Fernando Villegas al entonces ministro de Educación, Joaquín Lavín, cuando éste le planteó la posibilidad de aplicar el criterio del ensayo a la PSU: “Si se hace en Chile, no entra nadie a la universidad” porque son “generaciones que salen de los colegios en muy malas condiciones (…)  a veces no saben ni hablar… ¡Esa es la realidad!”.

Por eso, ¿no sería mejor incluir un ensayo como un parámetro, simplemente para saber la manera en que escriben y razonan los jóvenes? ¿No indicaría este ensayo, por ejemplo, los resultados prácticos del proceso de lectura y escritura, durante los 12 años que conforman la enseñanza básica y media? En pocas palabras, saber si los alumnos son capaces de entender lo que leen y de elaborar un pensamiento coherente en forma y contenido.

Porque cuando el propio subsecretario de Educación escribe en su cuenta de Twitter “bocación” por “vocación”, y un senador manda “un ratito a la crest…” a una usuaria que le critica su ortografía, es claro que algo pasa con la lectura y la escritura entre los chilenos… en definitiva, con la puerta de entrada a cualquier proceso educativo.

Pero eso, como dijimos, es materia de otra columna.

Fuente de la imagen: http://www.mosquito.cl/wp-content/uploads/psu_thumb.jpg

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