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Columnas, Sociedad

Si cuando somos pacíficos no cambia nada, ¿qué debemos hacer?

Por Francesco Petrone

“Si los oasis son destruidos por las tormentas de arena o por un mundo que los rechaza, son todavía lugares donde se pueden mantener juntas la mente y el alma”. Así, Hannah Arendt en su obra ¿Qué es la politica?, se refiere a la misma, y a su papel fundamental en la vida humana. No obstante que en el curso de la historia, la política se ha presentado bajo la forma de “tormentas de arena” que querían destruir su sentido, ésta sigue siendo el lugar donde, “manteniendo juntas la mente y el alma”, se genera la justicia y el orden social. “El sentido de la política es la libertad”, repite en la misma obra.

La era nazi, que la filosofa alemana ha sufrido directamente, ha marcado profundamente, en negativo, el sentido y el valor moral de la política, presentándola bajo la apariencia de algo que quiere corromper la raza humana, promoviendo los intereses egoístas de unos pocos. Al nazismo podriamos añadir otros acotencimientos que han desviado el sentido “puro” de la politica: como las multitudinarias guerras que se han combatido en el curso de la historia, los imperialismos y  todos aquellos eventos que parecen haberla privada de su verdadero sentido. Sin embargo, y a pesar de todo eso, la política sigue siendo la fuerza motriz e innovadora de la sociedad, el lugar desde donde algún día procederá la redención de los males sociales: las “tormentas de arena” y “los rechazos del mundo”.

“El ser  humano es esencialmente político “, repitio varias veces Antonio Gramsci en sus Cartas desde la cárcel. Esa frase  puede ser considerada, también,  como una sintesis de la posición de la filósofa alemana.

En resumen, la política sigue siendo el baluarte de nuestra salvación, la principal fuente de justicia, de la defensa de los derechos del pueblo y la garantía de la supervivencia de la sociedad. Aunque se haya manifestado bajo la forma del nazismo, comunismo, dictaduras de América Latina, o en “el disfraz” de los actuales técnicos que en los gobiernos representan los intereses de las grandes corporaciones, o de poderosos grupos de presión que promueven la riqueza de unos pocos y la pobreza de la mayoría. Tarde o temprano (aunque a esta altura hace falta preguntarse: ¿cuándo?) la política se hará cargo del control de la situación actual y se convertirá en el nuevo centro de reforma de esta sociedad enferma y víctima de la “Mad Money”, para tomar a préstamo la expresión que Susan Strange usó como título de su famoso libro.

El 29 de marzo, debido a que la política parece ofuscada y completamente distante de los problemas de los ciudadanos, persiguiendo finalidades lejanas a sus intereses, en todas las plazas de España hubo grandes manifestaciones para llamar la atención sobre los problemas del pueblo y lo absurdo de las reformas que se están proponiendo contra la crisis: recortes del gasto público, subsidios a los bancos y los prestamistas, pérdidas de puestos de trabajo y  falta de verdaderas políticas para promover el crecimiento, creación de empleo y protección general de los derechos de despojados de sus necesidades básicas. En mi opinión, el ejemplo más paradigmático del estado de la crisis son los vergonzosos recortes a la sanidad: ese ejemplo de bienestar que el modelo del Rin era capaz de ofrecer a sus ciudadanos después de décadas de lucha.

La huelga general de 29M procede de la insatisfacción de la gente y  de su frustración  por la falta de posibilidad de una participación más activa en los asuntos sociales, debido a la progresiva  (esperamos no inexorable) disminución de su autonomía económica. Las formas de protesta, a pesar de la situación, eran pacíficas: manifestaciones, eslóganes, protestas no violentas. El objetivo era hacer oír su voz, la voz del pueblo, en contra de una política que, en la actualidad, parece cualquier cosa menos  “el lugar donde se pueden mantener juntas la mente y el alma”.

Yo también, armado con buena voluntad, espíritu de solidaridad y una cámara, he salido a la calle para aportar mi pequeña gota de participación en el movimiento. De hecho, la participación de Barcelona ha sido impresionante:  todo el Paseo de Gracia (prácticamente el centro de la ciudad, ndr) estaba lleno de gente, era prácticamente imposible caminar. El signo de la insatisfacción estaba allí, en el número de personas que abarrotaban las calles de la capital catalana. Según las estimaciones, el número de manifestantes llegaría a más de un millón, solamente en Barcelona.

En situaciones normales, la movilización de un número tan elevado de participantes en una huelga general, además de los otros millones de españoles que salieron a la calle en  el resto del País, tendría que recoger algún tipo de reacción. Llevar al gobierno a preguntarse cómo responder a todo este descontento, creando una reacción de solidaridad, participación, compromiso, para tratar de cambiar las cosas, ¡o al menos intentarlo!, aunque sólo sea para inspirar confianza en la política y su papel, que debería ser el de actuar en nombre de la justicia social, tratando de mejorar la situación de sus ciudadanos arrancados por la crisis que comenzó en 2008 (y que no se sabe cuándo, ni siquiera si, se acaba).

Pero no, ¡así no fue! después de una media hora del inicio de la manifestación pacífica, algo no ocurrió como debería. Desde mi posición en la Plaza Catalunya, he empezado a ver objetos que volaban, y a la policía, con sus armas cargadas con balas de goma, que disparaba a los manifestantes de forma continua (más tarde hemos leído en los periódicos  que estas “inocuas” armas de fuego con pelotas de goma le han costado un ojo a tres personas); éstos se creaban barricadas quamando los contenedores de basura, y respondian a los disparos con piedras, botellas y cualquier objeto que podían encontrar, los que salen a la calle a protestar pacificamente. El resultado final: una ciudad sitiada, los contenedores quemados para proteger a los manifestantes, y un escenario que parecìa aquel donde se acababa de combatir una guerra civil. La policía antidisturbios amenazaba con violencia a sus propios compatriotas.

Y en todo esto ¿dónde estaba la política? ¿Qué estaba haciendo quien debe preocuparse de proteger a los ciudadanos, elegido por ellos para defender sus intereses? No puedo responder a estas preguntas simplemente porque no lo sé, y tampoco quiero imaginarlo.

Una cosa es cierta: las teorías de Hannah Arendt y las reivindicaciones de Antonio Gramsci, en la actualidad, son una pura utopía. Son discursos que no encuentran sustancia en la realidad en la que estamos viviendo hoy en día, víctimas del sistema  que ha creado esta crisis económica y moral. Las únicas respuestas que puedo dar a estas preguntas son las imágenes que llevo dentro de mí, resultado de una “manifestaciòn pacifica”  en la que, poco a poco, mi emoción se ha convirtido en miedo: los coches de la policía posicionados en los puntos más estratégicos de la ciudad, como perros guardianes de un orden impuesto, obligado; los porrazos de los mossos de esquadra (policia especial catalana, ndr) contra la gente, su gente, cuya única culpa es pedir que su voz sea escuchada antes de que esa situaciòn precaria se precipite en pobreza absoluta (véase Grecia); los niños que lloran mientras a su alrededor silvan las pelotas de goma disparadas sin criterio por la policía y, al final, una frase escrita en catalán sobre un muro: “Si quan som pacifics no canvia res, ¿qué hem de fer?”.

Les dejo un video que intenta responder esta pregunta:

“La violencia nunca es justificable” ¿Poli Bueno Poli Malo?

   

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