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Columnas, Educación

El sentido de la educación

Por Marcelo Cid Carreño

Albert Einstein (1879-1955)

Ensayos, artículos y columnas sobre educación atiborran los medios cuando la pauta noticiosa lo dictamina. Un entusiasmo invariablemente olvidado cuando surge algún hecho que noticiosamente venda más. Por ejemplo, dónde veraneamos los chilenos.

Como el propósito de este espacio es analizar aspectos de fondo, serán omitidos los nombres de  instituciones y particulares -intrascendentes en este contexto- mas no los detalles pertinentes a nuestro tema.

Vale callampa huevón, lo podría haber mostrado todo aquí, el puente vale callampa”. Este discurso, sacado directamente de una conversación veraniega –llamémosla así- entre autoridades chilenas de los poderes legislativo y ejecutivo, seguramente no difiere en demasía del lenguaje que diariamente se escucha y lee en distintos medios nacionales.

Sin ánimo de ofender susceptibilidades, recordemos, por ejemplo, que hace algunos años, un matutino publicó el siguiente titular: “Hoy cualquier huevón agarra un micrófono y habla de fútbol”. Tampoco olvidemos a un comentarista televisivo -que por lo que sé nunca ha pretendido ser catalogado de humorista- que, en horario estelar, apareció en la televisión abierta pasándose una fotografía por la zona genital al tiempo que decía “Ahí tení (sic) un ‘Pato Yáñez’, hueón (sic)”, ademán al que siguió una estruendosa ovación.

Estos concisos ejemplos nos grafican que la noticia de la “callampa” no ha entregado nada nuevo, al menos en cuanto al desempeño del lenguaje del chileno promedio.

Lo que es pertinente analizar en el incidente legislativo/ejecutivo es el nivel académico del protagonista. Esto es, abogado y profesor universitario en derecho. Casi como anécdota, entonces ministro de Defensa, además de ex alcalde y responsable de diversos ministerios en otros gobiernos.

En pocas palabras, un exponente de la elite educativa de un país.

La hoy ex autoridad justificó sus palabras diciendo que “no era nada oficial (…) Fue una conversación (…) en la cual INTENTO SEÑALAR que el tema del puente no es el tema central” (La Tercera, 12 de enero de 2011).

En promedio, los chilenos manejamos un vocabulario de 600 palabras. De un exponente de la alcurnia académica nacional debiéramos esperar, supongo, la excelencia -palabra hasta hace poco casi de moda- al menos al referirse a asuntos de Estado atinentes a todos los chilenos. Justificarse diciendo que “no era nada oficial” es, aunque suene cliché, una excusa que agrava la falta.

En tanto, la ministra secretaria general de Gobierno, quien es doctora en ciencia política y periodista, sencillamente calificó de “lapsus SIN IMPORTANCIA” el ítem “callampa”, el que, de paso, aludía a un proyecto cuyo costo es de 16 millones de dólares y que, por añadidura, fue un elemento decisivo en la salida de la autoridad.

Sobrepasa mi imaginación el resultado del lapsus si éste, realmente, hubiese tenido alguna trascendencia.

Para evitar cualquier interpretación de animosidad política, precisemos que hace algunos años, otro ex ministro de Estado –curiosamente, también abogado y profesor universitario- llegó al extremo de sufragar con su licencia de conducir, acto que sólo reconoció cuando se hizo público el registro audiovisual del hecho (y su molestia cuando se le consignó que no le estaba permitido votar sin cédula de identidad).

Una más: en un canal de televisión abierta –en el que una universidad perteneciente al Consejo de Rectores nombra tres de los nueve miembros del directorio- el horario estelar se utiliza para mostrar sujetos bebiendo orina –propia y ajena-, además de comer “arañas pollito” y una especie de reptil protegida por Ley. Esto, por cierto, entre otras barbaridades cuyo valor creativo, lúdico y humano ignoro. El rector de la casa de estudios calificó las originales pruebas como “de mal gusto” (no en un sentido literal, se entiende, aunque en este caso seguramente también lo sean), a lo que una “fuente ejecutiva” del canal respondió que “las críticas deben hacerse internamente”, pues no olvidemos que “la ropa sucia se lava en casa” (La Tercera, 8 de enero de 2011).

A todas luces, es un avance lo de la “fuente ejecutiva”, porque como dijo el poeta Armando Uribe, al menos eso ya es reconocer que la ropa, efectivamente, está, sin eufemismos, SUCIA. De lo que no estoy seguro es si a estas alturas podría causar sorpresa el nivel absoluto de decadencia –moral, creativo y artístico- que puede mostrar un canal todavía vinculado, al menos en el papel, al mundo académico.

Lo dijo con sencilla claridad un rector de universidad y hoy ex comentarista de la estación televisiva en cuestión: “(El canal) tiene espaldas e historia para formar la opinión pública y no para ser juguete de ella. Tiene LA MISIÓN de generar cultura” (La Tercera, 13 de enero de 2011).

Así finalizamos nuestro breve repaso histórico y noticioso sobre algunas de las actitudes y visiones que personas e instituciones vinculadas al mundo académico pueden tener en la sociedad.

Si exponentes que han recibido –e imparten- formación académica de elite presentan las conductas especificadas, ¿qué esperar de quienes no tienen acceso a ésta? Si los datos expresan que 33% de los universitarios chilenos dice leer ocasionalmente, casi nunca o NUNCA (La Tercera, 1 de agosto de 2007), ¿cuál es el sentido de la educación que están recibiendo y cómo ellos a su vez entienden este proceso?

Einstein precisó como pilar de la educación el pensamiento crítico e independiente. Éste, explicó el sabio, es amenazado por el exceso de materias, lo que “conduce necesariamente a la superficialidad y a la falta de cultura verdadera”.

Con esta afirmación, quienes estén familiarizados con nuestra PSU seguramente habrán recordado los Contenidos Mínimos Obligatorios de la prueba. Esos que los establecimientos particulares y privados sencillamente no alcanzan a pasar, por estar inflados de manera inverosímil. Esos que, por consecuencia lógica, generan superficialidad, motivando preguntas que terminan siendo una lotería y un parámetro de evaluación injusto y discriminatorio para -¿es necesario decirlo?- los más pobres.

El teórico germano identificó la finalidad de la educación como la formación de “individuos PENSANTES e independientes, quienes a su vez, deben prestar un servicio a la comunidad”. ¿Eso entregan –o buscan entregar- las instituciones de educación superior? Esto es, ¿tienen como leitmotiv impartir una educación que llame a servir y a no servirse? ¿Una educación que enseñe lo que implican los derechos y obligaciones?

La educación, como proceso, es interminable. La etiquetamos por convención –colegio, universidad, posgrados- pero no se limita, por cierto, al contexto académico formal. Por eso, sus resultados no se traducen solamente en entender la importancia histórica de Bernardo O’Higgins o conocer los secretos de las ecuaciones de quinto grado.

Citando a un académico local, como Carlos Böker, “la educación es llevar al hombre a decidir y a tener muy claro que lo importante no es el tener, LO IMPORTANTE ES EL SER”.

Por eso, quizás la esencia de la educación es asimilar nuestras prioridades como individuos insertos en una sociedad, esto es, saber expresarnos y saber cómo debemos tratar al resto. Distinguir la gota de trascendencia entre el océano de pequeñeces. La educación es conocer, respetar e interiorizar la diversidad, los límites y la responsabilidad.  En última instancia, el sentido de la educación podría ser que contemos con un recordatorio permanente de que la fortaleza de nuestra humanidad –frágil, efímera y cambiante- es, como decía Böker, mirar siempre un poco más allá, para así luchar siempre por ser mejores personas.

¿Por qué no?

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